Foto: Pedro Alvaro (Salamanca) (Santiago Bayon Vera)
El
ciclo de la ganadería trashumante




Si
examinamos el organigrama de una explotación trashumante en Castilla, vemos que
la unidad básica es la cabaña, nombre que designa tanto la vivienda pastoril
como el conjunto de ganados y empleados que conforman una empresa pecuaria. El
dueño de una cabaña tenía tres opciones: bien podía explotarla por sí mismo,
aunando las condiciones de propietario y pastor; bien la podía arrendar a un
tercero con arreglo a un régimen contractual parecido al que operaba en el proceso
de asignación de la tierra (arrendamientos, aparcería, etc); o bien cedía la
administración de la misma a un mayoral, que era un gestor empresarial del que
dependían tanto el personal asalariado como los animales, y entre cuyas tareas
estaba el arrendamiento de pastos, el
apalabramiento del esquileo, la intendencia
y la ropería.



La
cabaña se dividía en rebaños, compuestos por mil cabezas ovinas cada uno,
estando al cargo de cinco pastores a los que correspondía la custodia de
doscientas cabezas,. Estos cuidadores recibirán diversos nombres según la
jerarquía laboral y la toponimia comarcana, aunque los más comunes son los de
rabadán, compañero, ayudador, sobrado y zagal. A su vez, los rebaños se
subdividían en contingentes menores llamados hatos, manadas, pastorías o
hatajos



Para
facilitar el pastoreo, en particular el trashumante, se eximía a los pastores de la obligatoriedad
del servicio militar, permitiéndoseles portar armas para protegerse contra
alimañas y ladrones. También se apoyaba en los perros mastines, guardianes de
la manada contra agresores externos, conductores del rebaño por las cañadas. Estos canes hacían
imaginarias en prevención del ataque del lobo, que, como se dirigía al cuello,
procuraba paliarlo el dueño colocándoles las inconfundibles carlancas. Los contratos de los pastores
asalariados se ajustaban verbalmente en las fechas del esquileo y duraban de
San Juan a San Juan.