sábado, 13 de febrero de 2016

El medio natural y la trashumancia - 9


Desplazamiento de los animales.

Los herbívoros dotados de defensas las utilizan, aprovechándose al máximo de sus posibilidades, al detectar la proximidad de un carnívoro peligroso. Así, los vacunos que pastan libres en una gran dehesa forman un círculo en cuyo centro sitúan las crías, mientras ellos, rodeándolas, encaran al depredador con sus cornamentas. Similar ruedo organizan caballerías, y también con las crías en el interior, cuando aventan el peligro, pero enfrentando sus cuartos traseros al atacante para recibirlo a coces. Los que carecen de esas defensas no encuentran otra solución que marchar en manada, que rompen en desbandada cuando presienten el peligro, para desorientar al atacante. En todo caso, en momentos o en zonas en que los humanos, debido a su escasez, incrementan poco el contingente de los depredadores, muchos herbívoros buscan el alimento ayuntados en grupos raciales porque así, reunidos, pueden defenderse mejor. Y encontrado el camino de llegada, lo siguen después año tras año. En tiempos pasados, los ganaderos carentes de abundantes o complementarios pastizales pactaban arriendos de larga duración sobre herbazales ajenos y para períodos fijos del año, como, por ejemplo, desde el día de San Juan hasta el de San Miguel. Todos sabían bien que era preciso aguzar la atención en vísperas del trasiego de las reses porque éstas lo presienten y aumenta entonces su inquietud. Y esos ganaderos eran también sabedores de que si algún motivo, como la clausura del contrato de arriendo, impedía o modificaba la fecha del desplazamiento, al llegar la que venía siendo habitual los animales abatían rediles y cercas y escapaban hacia el destino acostumbrado. La alimentación asistida con piensos y la eliminación de traslados ha roto tales actitudes, de las que ni siquiera se libraban los ovinos. En 1809 efectuó Robert Semple su segundo viaje a España y, al referirse a los rebaños lanares extremeños, escribió lo siguiente: «Cuando llega el mes de abril, o por el propio instinto o por el hábito de mover sus cuarteles, los rebaños parecen percatarse de que ha llegado el momento de empezar la marcha. Todos los pastores están de acuerdo en la extraordinaria inquietud que muestra el rebaño, y que es difícil de sujetar. Ha ocurrido, a veces, cuando los pastores se han descuidado o dormido, que los rebaños han avanza-do por su propio instinto hasta dos o tres leguas en busca de los cuarteles de verano».