domingo, 19 de julio de 2015

Trashumancia en España y el Medio Natural


Trashumancia en España Peninsular y el Medio Natural.
            Desde que en 1920 se publicó el famoso estudio de Julius Klein sobre la Mesta, numerosos historiadores han ido sumando a él los propios. Unos se refieren al mismo organismo mesteño; otros, a los caminos que los rebaños tuvieron reservados para el desplazamiento y a las repercusiones del paso de las ovejas y sus sesteaderos sobre el esquileo, el comercio y el laboreo laneros. Sin embargo, se relaciona poco la trashumancia con las constantes físicas a las que hubo de acomodarse, quizá porque se piense que las principales de tales constantes, que son las climáticas y las del herbazal que se deriva de ellas, no requieren mucha explicación, a fuer de obvias y conocidas. Pero también las topográficas y las fluviales incidieron en los itinerarios. Y, en cualquier caso, faltan a nuestro entender análisis de los movimientos pecuarios de antaño —o de los residuales de hogaño no mecanizados— y de sus rutas con esta otra perspectiva, es decir, a través de los hechos natura-les que los condicionaron. Con la presente exposición pretendemos rellenar algo ese vacío.



Los Itinerarios.
            Los movimientos realizados con las reses responden a la dificultad de alimentar una grey importante sobre los mismos predios durante todo el año y, a la vez, a la conveniencia de aprovechar recursos lejanos, que, de otra forma, estarían inactivos o infrautilizados cuando en los de partida escasean o no existen. Así, la práctica del traslado estacional de animales ha estado muy generalizada en la España peninsular. Ha existido incluso en la de clima atlántico. No sólo porque hasta ésta penetraran, traspasando los puertos de las montañas galaico-leonesas y cantábricas, los hatos procedentes de invernaderos extremeños o manchegos; también debidos a que, con estos de alejada procedencia meridional, compartían el herbaje estival algunos de asentamiento invernal próximo. Es lo que ocurría en el siglo XVIII, por ejemplo, en el asturiano concejo de Somiedo con dos o tres mil cabezas ovinas propiedad del monasterio de las Huelgas de Avilés. Y lo que durante siglos han realizado los «vaqueiros de alzada», remontando con sus bóvidos la vertiente septentrional de la Cordillera Cantábrica para que pacieran las brañas de ésta durante el verano. Vacadas de La Vera de Gredos suben todavía por la calzada romana del puerto del Pico, en el Sistema Central, para herbajar desde junio hasta octubre en las abulenses umbrías serranas. Y, efectuada la derrota de mieses en los secanos cerealistas de cualquier región, se trasladan a ellos rebaños ovinos que se alimentan en el rastrojo mientras lo estercan con sus escíbalos. Más desde que se emplean cosechadoras en el trajín agrícola, ya que dejan más grano caído que el que otrora perdían los segadores y escapaba al posterior apaño de las espigadoras.

El trasiego buscaba, pues, zonas que fueran diferentes en su economía agraria porque lo son en sus caracteres naturales. Espacios adehesados y labrantíos, por ejemplo. O llanos sequedales y montañas cercanas y más húmedas. Eso permitió aumentar las existencias pecuarias. Y en tal grado se realizó el aumento que no bastó la cercana complementariedad de recursos y se alargó el desplazamiento. Pronto surgiría el deseo de organizar caminos de exclusivo uso pecuario que no interfirieran con los intereses de los propietarios de panes o vides. La prohibición de que penetrara el arado en tales caminos permitía a los animales el pasturaje sobre la marcha. Son las cañadas, cordeles, veredas, galianas, coladas, cabañeras... por los que aún se practican movimientos de corto radio y los pocos que se realizan todavía mediante marchas que duran unas cuantas semanas. No existen mapas en los que se represente el denso entramado que formaron tales vías ganaderas; ni siquiera uno que señale lo que resta de ellas al presente.