viernes, 17 de junio de 2016

El medio natural y la trashumancia y 15

Como resumen de lo expuesto hasta aquí cabe decir que, a nuestro entender, las rutas iniciales las marcarían muy probablemente las manadas de herbívoros salvajes con sus migraciones estacionales entre los pastizales montañosos de verano y los de suaves temperaturas invernales; que en esas migraciones se inspirarían los ganaderos de las épocas romana e inmediata anterior y los que continuaron las prácticas trashumantes o volvieron a ellas en la Edad Media, y que ya quizá por entonces el hombre habría hecho camino de esas cañadas que el paso de los animales labraron con sus desplazamientos estacionales. En principio tales caminos serían sólo de herradura. ¿Por qué no, si por ellas pasaban, además de rebaños lanares y caprinos, las hateras de los pastores e incluso hatos vacunos? Después sirvieron para la carretería. Tampoco había motivo de prohibirlo, dados los antecedentes: ¿no coincidían en muchos parajes la cañada de la Vizana y la calzada romana de la Plata? Con ello, esas vías de tránsito humano, montadas en no pocos trechos sobre las cañadas, llegaron con categoría de caminos reales hasta que en tiempos más recientes se transformaron en carreteras.

La explicación de tanta coincidencia itinerante de hombres y animales se halla en los condicionantes físicos. El solar peninsular es el resultado final de la contraposición, a lo largo de millones de años, de unas fuerzas endógenas y otras exógenas. Entre las primeras, destacan las fases finales de los plegamientos de la era terciaria, esto es, los alpinos. Encontraron unas partes endurecidas por empujes anteriores y por surgencias magmáticas. y a la vera de ellas, extensas sedimentaciones de materiales que los agentes exógenos —cambios térmicos, lluvias, viento, etc.— habían arrancado a aquéllas. Con los sedimentos, de gran plasticidad, los empujes formaron arrugas de elevaciones y depresiones o, lo que es igual, anticlinales y sinclinales. Las endurecidas, debido a su misma rigidez, no pudieron plegarse y se fracturaron, de tal manera que, por las fallas, unos bloques se deslizaron hacia arriba y otros lo hicieron hacia abajo. Son, respectivamente, los horsts y las fosas tectónicas. Las fuerzas exógenas continuaron y prosiguen su actuación arrancando materiales a los anticlinales y a los bloques elevados y depositándolos sobre las partes deprimidas. Debido a la gravedad, las aguas que descargan las nubes sobre las alturas terminan canalizadas en torrentes, arroyos y ríos, que se deslizan hacia las zonas deprimidas, en las que su propio paso va a su vez excavando, arrastrando los materiales que arrancan y orillándoos. Tras esa larga historia geológica, expuesta de forma tan tosca y esquemática, la resultante es el conjunto de cordilleras, fosas, mesetas y depresiones que ahora constituyen en líneas generales el conjunto orográfico del solar peninsular.

Los medios de ingeniería y mecánicos actuales permiten al presente horadar montañas y saltar vaguadas y ríos. En época romana ya se alcanzó a salvar esas corrientes fluviales con puentes de piedra. Pero, en momentos anteriores e incluso posteriores a ella, hombres y animales tuvieron que eludir la dificultad montañosa haciendo uso de las fosas transversales y de las depresiones intramontañosas; y cruzar los ríos, por los lugares en los que la corriente suaviza su curso, se ensancha o abre en brazos gracias a los cantos, arenas y limos que ella misma ha ido depositando. Unos y otros parajes montañosos y fluviales son los pasos por los que las manadas de animales salvajes, con toda probabilidad, realizarían los desplazamientos estacionales a que les obligaba el clima y, en función de él, la abundancia o escasez de herbaje. Son los que prefirieron utilizar a continuación quienes, con los herbívoros que consiguieron domesticar, sometidos a las mismas incidencias climáticas, practicaron la trashumancia. Estos pastores extremaron el aprovechamiento del medio físico haciendo también vía pecuaria de los valles e incluso de los cauces secos de los arroyos o, en cualquier caso, de las riberas donde unos y otros coinciden en dirección hacia el lugar en que se va a estacionar el ganado durante los meses estivales o en el centro del invierno, según el clima y la posibilidad de herbaje que se deriva de él.
En definitiva, los agentes que modelaron y continúan modelando el solar peninsular, esto es, los que, en principio, lo plegaron y fracturaron, y las corrientes fluviales que prosiguieron y prosiguen su actividad retocadora del gran conjunto escultórico, marcaron los que iban a ser más fáciles parajes de tránsito. Son los que los animales salvajes, a impulso de su instinto, seguirían y a su vez remarcarían más; los que, a continuación, supieron aprovechar los hombres para trasladar por ellos sus propios rebaños y para trasladarse ellos con o sin cabalgaduras y carruajes. Y son los que, por el mismo hecho de la vitalidad que entrañaban, atrajeron población a su vera o en su entorno en no pocos casos. Es la razón del emplazamiento de muchos de tales núcleos. Y, a la vez, es la sinrazón de que, al modernizar tales vías camineras, antes ganaderas al menos con preferencia, se haya roto la continuidad de éstas en numerosos puntos. Porque al ataque que sufrieron las cañadas por parte de los agricultores vecinos se ha sumado más recientemente la más radical de quienes desde sus despachos de planificadores mueven las poderosas máquinas que ensanchan y convierten en carreteras y autovías las que fueron calzadas y, antes, sólo largas reservas ganaderas que podrían ser ahora, al menos, de asueto y de respiro.